Todo tiempo pasado no fue mejor.

Berlín es una ciudad moderna, cosmopolita, tolerante, atractiva y impulsora. Pero no siempre ha sido así, la ciudad fué protagonista de hechos insólitos que hoy aún despiertan dudas, inquietud y un magnetismo del que es difícil escapar. ¿Por qué? ¿Cómo fue posible? son algunas de las preguntas que nos hacemos cuando la visitamos y disfrutamos de lo que es hoy la ciudad.

Esas preguntas son las que me hicieron llegar hasta el Museo de los judíos de la ciudad, al llegar quedé boquiabierto al comprobar que en su entrada habían dos soldados con sus intimidadoras ametralladoras correspondientes, supongo que para nuestra seguridad…

El exterior del edificio es bello, de una plateada y rectilínea arquitectura. Su interior no se queda atrás.

El punto que más me impresionó fue la sala de homenaje a las víctimas del holocausto, con 10.000 caras de hierro en el suelo de la sala como si fueran hojas caídas.
Al llegar a esa parte del museo sabes que te estás acercando a un emplazamiento especial, diferente, único. Se oyen unos sonidos secos, contundentes, metálicos que retumban arritmicamente. No se sabe muy bien que es… te acercas… dubitativo, accedes a esa sala… los pensamientos que te llegan a la cabeza son de metal sobre piedra, ¿martillazos?, ¿trabajos forzados?… lo que es seguro es que no intuyes nada que sea agradable…
Al llegar a la sala de repente no se oye nada, miras al suelo y ves una caras que estremecen, caras vacías, frías, con expresiones escalofriantes…

Súbitamente volví a escuchar esos martillazos, giré mi cabeza a la izquierda y ví como un niño caminaba sobre las caras, a cada paso un nuevo sonido ensordecedor y contundente. El niño saltó como si quisiera huir de ese lugar, como si no quisiera por nada del mundo volver a él y dirigirse hacía otro sitio mejor…

Proyecto Berlín

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