En el pasado mes de enero estuve una semana en Jerusalén.

El objetivo era eminentemente fotográfico, caminar por las calles de ciudad santa y fotografiarla del mismo modo que antes hiciera con Estambul.

No tenía muchas referencias pero después de la experiencia puedo asegurar que aunque no es una ciudad de destino familiar, con sentido común y algo de paciencia se puede visitar sin problema. De hecho me sorprendió la cantidad de turistas que me encontré.

Pero el fotógrafo tiene que estar preparado para recibir miradas recelosas por el simple hecho de llevar una cámara fotográfica encima y observar con incredulidad como pasan desapercibidas las ametralladoras en el día a día.

Dejando de lados estas y otras cuestiones, me centraré en mi experiencia fotográfica.

El Jerusalén intramuros es una ciudad estrecha, con tendencias laberínticas partida en 4. Un lugar fragmentado por la religión donde la primera o segunda pregunta que te suelen hacer casi siempre es:

¿y tú de que religión eres?

Me recordaba a eso de: ¿y tú de que equipo de futbol eres?

Tras tantos años de conflicto y consciente de que son terrenos pantanosos lo mejor es mostrarse neutro.

Para cuestiones más prosaicas, llama la atención como el mismo escenario cambia al doblar la esquina. Desde una pulcritud parecida a la de Girona que nos encontramos en el barrio judío, pasamos a calles abarrotadas de musulmanes y turistas en los bazares que te hacen dudar de que estemos realmente en la misma ciudad. Es claramente un lugar de varias velocidades.

Al final dejé la ciudad con una sensación agridulce, consciente de que es un lugar donde el peso de la historia hace mella.

No me arrepiento para nada de haber ido, me lo pasé bien más allá de lo fotográfico fue una experiencia vital.

Es una ciudad fantástica de conocer, cuna del judaísmo, del cristianismo y parte importante del islam.

Parece fácil hablar desde fuera y no voy a ser yo el que proponga soluciones – al fin y al cabo yo solo fui un visitante esporádico- pero si una cosa me quedó clara es que Jerusalén no pertenece a nadie en concreto y si un poquito a todos. Eso ya forma parte de su naturaleza.

Os dejo con algunas fotografías.

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